Monterrey, Premio Nacional de Cuento UdeM
Voy a probarlo
Un remedo de luz lucha por filtrarse entre las cortinas de la recámara. A su paso apenas encuentra algún obstáculo antes de detenerse en la unión de las maderas del suelo. Sólo el polvo que lo atraviesa impide creer que se trata de una fotografía al claroscuro. Los demás rayos buscan cruzar la barrera que reprime también el paso a la vida externa, mientras los restos de luz que aún sobreviven, intentan salir y fundirse para siempre con esa luz prohibitiva por culpa de las cortinas.
Puedes ver que la puerta también está cerrada, evitando que esa atmósfera salga y se distribuya por la casa. El aire atrapado por las cortinas sigue ahí, él mismo impide toda posibilidad de vida con su aspecto opaco, de angustia continua, en el que retumban los despechos y mutuas acusaciones.
Sabes que aun cuando la recámara fue el lugar ideal para las recriminaciones, eso no impide que el resto de la casa tenga sus rincones opacos; tras cada puerta existe algo de ellos. La puerta principal, por la que se perdió la propia existencia para aceptar la que viene de fuera, entrando con cada visita no deseada porque trae consigo algo vivo que te remueve el aire. La del estudio, donde se escondió la indiferencia y la soledad. Hay otras desde ayer cerradas, como las ventanas. De toda la casa, sólo el reloj de péndulo, ubicado en el pequeño muro entre la recámara oscura y la hasta hace tres días vacía, nos confirma que el tiempo pasa de una manera rítmica, invariable.
No escuchas las palabras, se intuyen. A través de la rígida costumbre de no desayunar, comer cuando las sombras se reducen al mínimo y cenar a las ocho y media, la vida transcurre silenciosa mientras se encuentra suspendida en la hora del sueño, cuando la existencia cobra otras sensaciones y no se siente la necesidad de clausurar el contacto con lo vivo.
A nadie debe culparse de su decisión, pero sabes que es necesario dejar una señal clara que indique su proceder: el morbo siempre intenta convertir la pena en burla, todo para saciar el apetito del periódico en el camión del mediodía. Buscas algo que te pueda servir mientras piensas en descolgarlo. Te ha costado tres días decidirte. No quieres pero el olor te empuja. Contienes la respiración y entras a la recámara. Aun cuando la lámpara está apagada sabes dónde se encuentra: estuviste largo rato observándolo; al principio lo veías fijamente y te concentrabas, deseando con ello regresarlo a ti. Horas después vuelves, sólo para ver que sigue, insolente, con la mirada fija en la puerta para que tú también lo veas al entrar. Era su última acusación. Le gritaste “Puedes podrirte, a ver quién te baja”.
Su imagen te revuelve el estómago, corres a la cocina e intentas vomitar, pero sólo emites unos sonidos secos y cortos. Al volver para cerrar la puerta y dejar de verle al cara acusadora, piensas en la cena de esa noche; necesitas una excusa. Tras marcar el número te serenas. “Discúlpanos, por favor, pero mi marido no ha regresado de la oficina”, dices. Eso te dará más tiempo.
Descubres el reloj cerca del mediodía. Es cuando observas que aún no llega la comida. Te diriges a la entrada y colocas una silla junto a ella. Al sentarte cruzas una pierna mientras comienzas a mecerte con la otra, esperando la llegada del mismo mensajero que, desde hace tres días, viene a traerte lo que no quieres salir a comprar.
Entonces vienen a tu mente los insultos que se proferían ambos, se te presentan una a una las discusiones que tuvieron, y vuelves a recordar ese sentimiento que despertaban en ti y cómo las palabras adquirían especial peligrosidad cuando eran dichas de esa manera. Aunque la forma cambiara, existía un ritual para comenzar. Cada uno tenía un modo de hacer ver su punto de vista frente al otro. O peor, frente a las visitas que llegaban a la discusión. Estas jamás fallaron. Nunca hubo discusión sin testigos: lo hacía más humillante para el vencido y, al mismo tiempo, se tenía la certeza de que ésta regresaría hasta dentro de un buen tiempo, cuando la frase desencadenadora ya hubiese cambiado:
Jamás se había presentado un caso similar en mi familia.
El doctor piensa que puede ser un problema derivado de la vida disipada.
Tiene relación con el alcoholismo familiar.
Creo que sí es congénito.
No es gratuito.
Siempre pagan justos por pecadores.
Quisiera saber quién tiene la culpa.
Ahora la situación es diferente. Viste su mirada, el último reproche que no puedes contestarle. Piensas en la acción que le compruebe su error. Las posibilidades no son ilimitadas, sin embargo, debes intentar la venganza a la que no te está dando oportunidad. La imaginación comienza a trabajar: busca la solución.
Tocan a la puerta y te levantas al oír el sonido de los nudillos contra el aglomerado. Abres lo suficiente para dejar pasar la pizza y cierras mientras buscas el dinero. Encuentras un billete, se lo extiendes al repartidor, le dejas el cambio y vuelves a cerrar. Vendrá de nuevo pasadas las ocho. Caminas hacia la cocina y ves el reflejo que te señala las doce y cuarto. “Cómo se me pasa el tiempo”, dices pensando en la hora mientras imaginas que un comentario así hubiera sido la chispa para provocar una pelea más.
Llegas a la cocina, tomas uno de los últimos refrescos que aún tienes en el refrigerador, abres la caja de la pizza y al sentarte en la mesa viene a ti, como una época antigua, el momento en que comenzaste a presentir el problema cuando todo parecía marchar bien.
Después los análisis con el tío que era el doctor de toda su familia; los amigos que los presionan con sus preguntas “Ya va siendo hora, ¿no?”, La respuesta a través de una sonrisa acompañada de un “Espérense un rato”. Tus jadeos inventados y su potencia inútil. Las primeras insinuaciones de él a ti o viceversa. Las discusiones interminables, su autoreclusión en el estudio noches enteras mientras lo esperabas en la recámara cada vez menos ansiosa, resignándote; después esos desesperados intentos cuando llegaba de estar con sus amigos.
Recuerdas.
“Pero esto no se puede quedar así”, dices en voz muy baja, como respetando la quietud de la casa entre cada discusión. “Debes poner el punto final a tus vulgares insultos y calumnias, reconoce que la culpa fue tuya”. Te levantas y diriges los pasos hacia la ventana del comedor. Tomas uno de los extremos de la tela y estiras con fuerza. Mientras el sol busca reconocer cada rincón de la casa vas abriendo las demás ventanas y puertas. Todas menos la de su recámara. Para ti no existe. Entras al cuarto hasta hace poco vacío: tu nuevo espacio. Revisas la cortina y decides mandarla lavar mañana mismo. Sigues abriendo, te asusta ver cuantas tiene la casa.
Te sientes sucia. En el espejo del baño te miras llena de polvo. Recoges una toalla y al abrir la regadera un impulso te hace entrar vestida, deseas que el pasado se lave con el agua tibia que te recorre. Tientas el cuerpo seminuevo que tu matrimonio te dejó. Sientes que el agua empapa tu ropa, la traspasa, entra a la piel. Cerrando los ojos imaginas el resumidero de la regadera, ves en el remolino de agua oscura cómo éste se lleva todo: tus recuerdos con y antes de él, te duele su pérdida pero bien vale la pena si con eso te lo quitas; te sientes una mujer nueva, sin el lastre de esos cinco años. Quieres una limpieza total y permaneces en la regadera hasta que el agua caliente se termina. El frío te hace recordar que todavía tienes varias cosas por hacer.
Sales del baño, tomas la bata y caminas despacio por el pasillo hasta tu nuevo cuarto. En dos días remodelaste la habitación muerta. Entras y conforme vas acercándote al espejo te ves de cuerpo entero. “Un desperdicio”, dices, sin ocultar tu orgullo. Al sentarte en la cama, quitas la toalla que cubre tu pelo para comenzar a cepillarlo: primero las puntas y luego desde la raíz. Finalmente terminas y, mientras te acuestas, piensas en la ropa que usarás esa noche. Despiertas con el ruido de la puerta.
Te sientas a la orilla de la cama y ves hacia la ventana: El sol se ha ocultado y la ciudad comienza a pelear con las sombras. El reloj no esta a la vista pero sabes que llegó el momento. Te levantas para buscar algún vestido. Desechas la idea, abrirás con la bata puesta. Caminas por el silencioso pasillo. Abres la puerta y el muchacho te extiende la pizza de la noche. Lo ves, es el indicado. Por eso ya abriste las ventanas.