París, Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo

Papá se pegó un tiro hoy a las 6:52 de la mañana

Papá se pegó un tiro hoy a las 6:52 de la mañana y lo dejé desangrarse hasta que murió, antes del mediodía.
Sé la hora exacta en que se disparó porque estaba acostada en mi cama, cubierta por tres raídas cobijas y con un ojo abierto, vigilando los enormes números rojos del reloj despertador, viendo cómo avanzaban rápidamente los minutos y se acercaba sin remedio la odiosa hora de ir a la escuela.
Lo que me hizo levantarme no fue el paso de los minutos ni el disparo, sino el golpe seco del cuerpo de papá contra la madera del piso de su cuarto, justo al lado del mío.
He intentado en este rato recordar el sonido de la descarga saliendo de la escopeta pero no lo consigo. Quizá fue tan fuerte y repentino que no lo ubiqué de inmediato y lo dejé disolverse entre las angustias de la mañana. Poco importa. Quedarme con una nueva grieta en mis recuerdos no cambiará nada. Es sólo que una no quiere vivir con esa sensación de ausencia. Suficiente tengo con la que me acaba de dejar papá como para, además, cargar las de mi memoria.
Cuando entré, lo vi tirado junto a su cama, boca arriba, sobre un gran plástico azul y una silla volcada a su lado. Primero creí que se tropezó y estaba lastimado. Luego me topé con la escopeta y con una mancha de sangre que comenzaba bajo él y seguía el desnivel del piso hasta llegar a un rincón del cuarto, ese donde colocaba el bote de la ropa sucia que ahora estaba a mitad de la recámara.
Fue cuando me di cuenta de lo que realmente pasaba. Hasta para matarse intentaba dar la menor molestia. Estoy segura de que pensó en evitarle un trabajo extra a quienes terminarían recogiendo el lugar, no solamente por el plástico sobre el piso sino porque conocía su desnivel y sabía hacia dónde correría la sangre. Como si la limpieza alrededor de su acto sirviera para limpiar su conciencia y atenuara mis problemas.
Me acerqué despacio, segura de que había logrado su objetivo. Era muy metódico y nunca improvisaría un asunto tan importante. Hay muchas personas que intentan matarse pero no lo logran o no lo buscan con sinceridad: hacen una última llamada o usan métodos poco efectivos, como las pastillas. En cambio, el verdadero suicida, el que no va a dejar opción a la duda o al rescate milagroso, planea bien su muerte porque de lo contrario puede terminar con un buen moretón en el cuello, deforme, lisiado o en estado de coma, y eso es peor que su propio fallecimiento. Es como cargar con una marca en la cara que diga no sirvo para nada, ni siquiera para morirme.
Al ver a papá pensé que estaba muerto. Sólo me di cuenta de que seguía vivo cuando observé que el pecho le temblaba, como si entrara el aire en los pulmones de a poquito y tuviera que esforzarse un poco más con cada respiración.
Sin tocar nada, pensé en llamar a la policía o a una ambulancia. Salí de la recámara y descubrí que había arrancado el cable del aparato.
Tuve que regresar a su lado. Ahí me di cuenta que la escopeta estaba amarrada a la silla con mucha cinta café y un cordón pendía del gatillo. Si uno no conociera a papá pensaría que veía mucha televisión porque yo recordaba algo similar solamente en las series gringas sobre detectives y en algunas películas. La verdad es que él odiaba ese aparato. Lo teníamos en casa porque algunas noches veíamos un noticiero local en español: era la única forma de sentir que manteníamos contacto con nuestra tierra. Además, su ausencia haría que las pocas personas que nos visitaban nos consideraran unos pobres inmigrantes inadaptados.
Lo más probable es que alguien le describió la forma de matarse con una escopeta amarrada a una silla e intentó imitarlo. Lástima que algo no le salió como deseaba, quizá no afianzó la silla al piso y se le movió al momento del disparo o el cordón estaba muy flojo o muy suelto o vaya uno a saber qué le pasó. El asunto es que si hubiera hecho las cosas bien, simplemente hubiera apretado el gatillo y santo remedio, pero su error le costó sufrir de más.
Ahora que lo pienso un poco más, me doy cuenta que él planeó bien su suicidio: consiguió cartuchos para la escopeta que le dejó Catarino, inutilizó el teléfono y se disparó a una hora que nadie se lo esperaría. Consideró todo, excepto que se le escapara un disparo chueco -o antes de tiempo- y la bala terminara en su hombro en vez de hacerlo en la cabeza o en el corazón.
Estoy segura de que también sufrió al verme entrar, acercarme con sorpresa, buscar el teléfono y darme cuenta cómo ni un suicidio podía hacer correctamente.
Como no había forma de hablar a los de rescate, me senté en la orilla de la cama, justo a su lado. El charco que nacía de su hombro seguía creciendo poco a poco, hasta llegar a la orilla del plástico.
Papá tenía puesto el traje azul que utilizaba cuando salía a buscar un nuevo trabajo o solicitaba que lo ascendieran de puesto. Durante muchos años lo consideró su amuleto. Allá en Saltillo le funcionó muchas veces, pero de este lado de la frontera perdió su eficiencia. Él, sin embargo, seguía creyendo que le ayudaría a conseguir el trabajo por el que nos dejó y se vino a Houston. Sería un trabajo que le permitiría tenernos a todos bajo el mismo techo, en un gran y nuevo hogar, con todas las comodidades.
Cuando se enteren mamá, Goyito y Maricarmen, papá logrará en parte su sueño: nos tendrá a todos bajo el gran techo de una funeraria. Con el traje azul arruinado, necesitaremos arreglar el otro traje, el que usaba durante las misas dominicales. Aunque no era religioso, en ocasiones asistía a la iglesia, sobre todo a las celebraciones de la Semana Santa, de Navidad y de la Virgen de Guadalupe.
Cuando aún estábamos en Saltillo, esas eran las fechas en que nos sentaba a la mesa, exigía silencio y comenzaba a contarnos sobre las maravillas que encontraría en Estados Unidos. Una oportunidad para salir de donde estábamos y darnos una educación que nos sacara de la mediocridad que significaba un trabajo de medio pelo en una empresa sin futuro. Recalcaba que cuando estuviera en Estados Unidos no sería un simple emigrante, sino uno calificado, necesario para el engranaje industrial de ese país. Nos recordaba cómo los que se pasaban del otro lado de la frontera por lo general tenían pocos o nulos estudios y por eso fracasaban.
Él no. Tenía un título como ingeniero mecánico administrador de un instituto técnico y con ese simple papel dejaría atrás a tantos otros de los que cruzaban la frontera. Tal vez empezaría de cero -decía- pero pronto se notará la diferencia. De eso se encargaría en cuanto tuviera la menor oportunidad.
Ahora, acostado sobre el charco de sangre, se le veía triste, como si lo que nos pasaba fuera culpa suya nada más. Como si sólo de él dependiera el éxito de sus sueños.
Quiso levantar el brazo izquierdo, el sano, para tocarse la herida. Por sus gestos era claro que le dolía pero no se quejaba. Seguía sin emitir sonido alguno. Ni un grito, ni una explicación, ni un reclamo. Así era él.
Yo tampoco hablaba. ¿Para qué? Si ya le había gritado lo que me quedaba hacía tres días, cuando llegó del trabajo y me encontró sentada en los cojines que hacen las veces de sala, esa que las visitas consideran muy moderna y poco convencional pero que yo veo como una porquería.
Aquella noche discutimos mucho, o más bien, yo me desahogué. Acababa de pasar el peor fin de semana de mi vida en Galveston sólo para seguir ayudando a los gastos de la casa y él simplemente contestaba con monosílabos a mis reclamos. Me aseguró que las cosas no serían iguales. Ahora comprendía lo que significaban sus palabras.
Hacía cuatro años de su primer viaje a Houston y ocho meses desde mi llegada. Cuando papá se vino la primera vez, junto con un vecino que ya estaba arreglado con su patrón, mis hermanos todavía eran muy pequeños y yo era la única que se daba cuenta de lo que pasaba. El vecino ni siquiera había terminado la secundaria, pero eso no era impedimento para que fuera de norte a sur y de regreso dos veces al año. Estaba joven, fuerte y decía que no necesitaba más. Catarino –que así se llamaba– regresaba con dinero suficiente para mantener a su familia.
Eso ponía furiosa a mamá, que no entendía cómo un fulano así ganaba lo suficiente para mantener a su familia en el mismo nivel que papá, con todos sus estudios y capacidad. Alguna vez dijo que era imposible explicar su forma de vida, que seguro aprovechaba sus idas y vueltas para traficar drogas. Su prosperidad, en cambio, era la justificación de papá por venirse de este lado. Si ese tipo podía, él con mayor razón.
Apenas llegados a Houston, comenzaron a trabajar en unos enormes almacenes industriales donde descargaban camiones llenos de piezas automotrices y armaban los pedidos de los pequeños distribuidores, que luego cargaban en camionetas.
Papá aseguraba que no era un trabajo muy difícil porque utilizaban montacargas, pero los paquetes se armaban a mano, seleccionando piezas de entre decenas de tipos diferentes. Decía que era un trabajo muy apenas pero que era el principio y que así llegaban muchos y luego progresaban. Después se le ocurrió un mejor sistema de clasificación para los cientos de piezas diferentes. Le dieron un premio, le tomaron una foto y nos aseguró que ese era el verdadero inicio de su ascenso. Después de cuatro años seguía embarcado en el mismo sitio.
Al principio, Catarino y papá rentaban un cuarto cerca del trabajo para ahorrar lo más posible. Era una casa llena de inmigrantes ilegales. Los vecinos lo sabían, era obvio que el patrón lo sabía, el policía que daba sus rondas por el vecindario también lo sabía y no pasaba nada. En ese trabajo conoció a un montón de paisanos, paisas se decían entre ellos aunque papá nunca les llamó así. Era muy correcto para hablar.
Compartía la casa con otros seis trabajadores. Cada uno se encargaba de sus propias cosas. En los cuartos de quienes tenían más tiempo en Houston había pequeños frigobares y enormes televisiones que cuidaban como un gran tesoro. Solamente los gastos por servicios como el agua, al luz y la recolección de basura se pagaban entre todos. Así papá ahorraba más dinero y lo enviaba a la familia.
Fuera de eso, cada quién podía hacer de su vida lo que quisiera, siempre y cuando no llevara gente extraña a la casa después de las ocho de la noche, ni siquiera en fin de semana. Las mujeres también estaban prohibidas ahí porque ya antes hubo pleitos a causa de ellas, así que cuando alguno de los que vivían en la casa comenzaba a verse con alguna mujer, casi siempre inmigrante como ellos, debía buscarse otro lugar donde vivir.
Recuerdo que mamá se ponía contenta. No por el dinero que él le mandaba, que luego supe era un poco menos que su sueldo cuando estaba con nosotros, sino porque lo oía tan animado cada domingo que hablaban por teléfono. Mamá comenzó a hacer planes, lo mismo que mis hermanos y yo.
Sentada en la cama del cuarto, con las piernas cruzadas para no mancharme con la sangre que comenzaba a salirse del plástico, descubrí que papá había arreglado la habitación. No solamente colocó el plástico en el suelo, sino que tenía su cama tendida, la ropa acomodada, el espejo sobre la cómoda limpio y la mesa de noche ordenada.
La puerta del baño estaba abierta y se observaba que también había ordenado el lugar. Estaba como para tomarle una fotografía. Limpio, recogido. Sin duda estuvo toda la noche eliminando cualquier indicio que dejara ver la vida que llevábamos: sufriendo por mandar dólares a México, fingiendo que aquí las cosas mejoraban, escondiendo nuestras mentiras no sólo a mamá y mis hermanos, sino entre nosotros dos.
Vi unos papeles sobre la mesa de noche y sin bajarme de la cama me acerqué. Eran avisos de trabajos invernales. El domingo de la semana pasada papá habló a Saltillo para explicarles que este año no iríamos porque él trabajaría tiempo extra.
Es cierto que el invierno es la mejor época para los inmigrantes. Muchos toman las fiestas para regresar a México y los pocos que se quedan agarran turnos dobles por las ventas de Navidad. Hay contrataciones de personal en muchos negocios y pagan bien. Ese es el momento para recuperarse de los malos meses, cuando el sueldo se va completito para mamá y mis hermanos y acá tenemos que ver cómo nos las arreglamos. Además, la frontera se pone muy dura en enero y algunos de los que se van contentos a ver a la familia luego ya no pueden regresar a este lado.
Nosotros no podíamos darnos ese lujo. Por eso nos quedaríamos en esta casa de madera, muy cerca del centro de Houston y lejos de nuestro propio corazón. Lo malo de pasarse estos meses acá es que las calles se llenan de carros y se vacían de gente. Además, aunque ganamos más, no dejamos de gastar dinero, y luego nos queremos hacer pasar por personas de una sociedad que no es la nuestra y pagamos por cosas que de otra forma nunca compraríamos: el refrigerador se llena de botellitas con aceitunas, de calamares, vino tinto, pan de ajo y salmón. Son pequeñas cantidades, pero cuando juntas lo que cuestan, te duele.
Incluso el vecindario se muere: la gente tapia por dentro sus casas para sobrevivir a las nevadas y las ventiscas que se cuelan por todos lados. Nosotros hicimos lo mismo, colocando maderas tras las cortinas y empujando manteles bien doblados en los huecos bajo las puertas.
Quizá por eso él confiaba en que nadie escucharía el disparo ni intentaría entrar para salvarlo y yo sabía que ningún vecino vendría a tocar o llamaría a la policía. Sin embargo, ese aislamiento no empezaba con el invierno y su aire frío, sino que estaba aquí desde que llegué, seguramente desde antes. Tampoco era culpa de la temperatura: los vecinos casi no nos hablaban y tampoco lo hacían entre ellos. Este era un barrio mixto como pocos.
Desde que llegué entendí que acá mucha gente vive en ghettos por decisión propia. Se obligan a sí mismos a vivir en barrios cafés, grises, amarillos, blancos y negros, dependiendo de si vienen de México, India, Corea, Polonia o Nigeria.
Muchos de esos barrios de colores reúnen a gente de clase media baja. Donde vivimos nosotros, entre ilegales con trabajo más o menos fijo, lo común es encontrarte con barrios mixtos, como este. Si te refugias ahí, puedes vivir años sin pronunciar una sola palabra en inglés, recreando la tierra que dejaste, incluso repitiendo las mismas formas de convivir, relacionarse, trabajar, casarse o morir.
Puedes meterte en tu propio mundo y fingir que nada ha cambiado, que sigues en casa, con los tuyos, entre tu gente. Se trata de una gran mentira pero muchos viven en ella porque, de lo contrario, ya se hubieran dado un tiro en la cabeza, como lo intentó hoy papá.
Ahora que lo veía en el suelo, quería recordar cuánto tiempo había pasado desde la última vez que estuvimos juntos sin discutir, sin temernos mutuamente ni cuidarnos las espaldas. Viéndolo sobre su sangre, entendí que papá necesitaba morirse y yo no encontraba razones para impedírselo.
Estábamos solos como nunca antes: él, tirado sobre un plástico azul, inmóvil, muriéndose; y yo, sentada al borde de la cama, viéndolo impotente, sin defensa, dejando que se fuera.
Por un momento pensé en torturarlo, agarrar uno de los trinches para asar carne y tocarle la herida del hombro para luego hundir los picos en la carne viva. No mucho, sólo un poco, lo suficiente como para obligarlo a gritar, a pedir ayuda, clemencia o perdón. A que no solamente quedara en su conciencia lo que yo había sufrido, sino que también le doliera en el cuerpo. No lo hice porque escuché que tocaban a la puerta.
Era Esteban, el chico que trabaja en la tienda mexicana. A pesar de vivir en un barrio mixto, cerca de la casa hay una pequeña tienda donde me siento como en casa, le llaman la tienda mexicana porque se consiguen productos que no hay en otra parte de la ciudad.
Me encanta ir ahí. Una paleta payaso, unos pingüinos o un rielito me regresan a casa, con mamá y mis hermanos. Ya no se diga una botella de salsa roja, hecha con chile piquín o habanero. Voy seguido a ese lugar. Me saca de una tierra que no quiero pero a la que vine porque me dijeron que era mi única oportunidad de ser alguien.
En esa tienda compro un mazapán y estoy sentada en una banca de la alameda de Saltillo. Una bolsa de trozos de piña con chile me lleva a la casa de Amarela y vemos películas viejas de Pedro Infante o de Marisol. Un taco de barbacoa con cebolla picada me sienta en el patio de la casa de mis abuelos, en Monclova, donde cubro con la mano la boca de mi refresco porque se deja venir uno de esos ventarrones que trae tierra suelta y el polvo rojizo de la acerera.
Es el único lugar de toda la ciudad donde me siento feliz. No necesito comprar nada, simplemente tomo una lata de leche Nido y estoy con mamá en el súper discutiendo si esa lata es para mi hermano o también yo puedo prepararme un poco.
Esteban se asustó cuando abrí la puerta. Esperaba encontrar a papá. Le respondí que me sentía mal, que por eso no había ido a la escuela. Traía un pedido pendiente del día anterior. Le dije que papá seguía dormido, que si le podía llevar el dinero yo misma dentro de un rato.
Sonrió, me recorrió con la mirada y respondió que sólo por ser yo me dejaría la mercancía, pero que por favor no me pasara del mediodía, porque luego el dueño lo mandaría para mi casa y no podría regresar hasta que tuviera el dinero en la mano.
Le devolví la sonrisa y cerré la puerta. Quería el pago de inmediato. Cómo si no nos conociera, Cómo si no fuéramos clientes habituales. Qué diferencia a mi casa en Saltillo donde don Mario, el dueño del estanquillo de la esquina, apuntaba las cuentas de los clientes en cartoncitos que recortaba de las cajas donde empaquetaban las cajetillas de cigarrillos. A fin de quincena o de mes, cada uno de los clientes iba a saldar su deuda. Don Mario te daba el cartoncito, tú le dictabas las cantidades y él sumaba. Al final pagabas la cuenta y listo. Ni él desconfiaba de tu dictado ni tú de sus sumas.
Y es que acá las cosas nunca son lo que parecen. Si le tomara una foto a la casa donde vivimos, parecería una casa bella y decente. Nada más lejano. Aunque la fachada está cuidada, por dentro las maderas se pudren, el piso está desnivelado, hay goteras en la cocina y bichos que viven entre las tablas.
Segura de que papá seguía en el cuarto, llevé a la cocina el pedido que nos trajo Esteban. Pan integral, mantequilla, mermelada, cuatro sobres de sopa instantánea, uno de esos botes de aceite en spray para que no se pegue la comida, una docena de huevos, un manojo de plátanos y dos botellas de jugo de tomate.
¿Desde cuándo toma papá jugo de tomate? -pensé-. De inmediato entendí: no era para él, sino para mí. Se estaba preocupando porque convenció a mamá y me trajo con tantas ilusiones que se fueron por el meritito caño. Ahora se sentía responsable.
Guardé las cosas que necesitaban refrigeración y el resto lo dejé sobre la mesa de la cocina. Abrí uno de los botes y me serví un gran vaso de ese jugo rojo. Después le exprimí tres limones, tal y como lo hacía en Saltillo cada vez que me daban algo que no me gustaba o que no estaba acostumbrada a tomar. Esas gotas me permitían pasarme casi cualquier cosa.
Regresé a la sala, o lo que se supone que es la sala. Sentada entre los cojines, alcanzaba a ver por la puerta abierta los zapatos y parte de las piernas de papá. Escuché un ruido, parecido a un murmullo y no estaba segura de que viniera de afuera o del cuarto de papá. Iba a levantarme cuando lo escuché de nuevo: era como si un grupo de muchachos hubiera decidido jugar en la calle.
Otro absurdo. Aquí no se puede hacer lo mismo. Para eso utilizan los parques. Las calles son propiedad exclusiva de los automóviles y ellos protegen a muerte sus territorios. Aquí no puedes organizar un partido de béisbol y tomar una mancha de aceite como primera base.
En Saltillo, nosotros jugábamos en la calle, cuidándonos de la pelota, de los corredores y de los autos, en ese orden. Niños y niñas armábamos dos equipos, después se marcaban los límites del campo y listo, a jugar.
Me quedé dormida, profundamente. Descansé como no lo había hecho en meses. Es posible que soñara algo, no lo recuerdo. Desperté una hora después, tal vez un poco más tarde, cuando tocaron a la puerta.
Me levanté de inmediato, pensando en que el dueño de la tienda había enviado a Esteban a cobrarme. Por la mirilla de la puerta observé a Catarino. Venía a buscar a papá y sentí un vació en el estómago. Corrí a cerrar la puerta de su cuarto en el momento en que él tocó de nuevo el timbre. Lo dejé esperando un rato, hasta que decidí abrirle.
No pudo entrar en la casa. Con la puerta entreabierta le dije que seguramente papá se había marchado temprano porque cuando desperté su cuarto estaba cerrado y no me contestaba.
Cuando me preguntó si me acompañaba quiso tomar mi mano y entrar en la casa. Me planté firme, lo miré a los ojos y le contesté que no, que gracias pero mejor lo esperaba sola. Después hizo la pregunta que tarde o temprano me haría. No, no necesitaba dinero ni quería acompañarlo a dar la vuelta ni a tomar un café ni a ver tiendas ni a un concierto de música texana ni a probar su nuevo auto para que después me convenciera de irme con él a su casa, esa dónde decía que tenía lugar para mí pero no para la familia que mantenía engañada en Saltillo, porque tenía dos años con la residencia americana y no les decía nada.
Quería tener dos casas, con mujeres distintas y veinte años de diferencia. Si las últimas veces por puro cansancio le dije que sí y terminé acompañándolo el pasado fin de semana a un hotel de tercera categoría en Galveston, por nada del mundo lo volvería a hacer.
En eso papá estaba de acuerdo conmigo. Sabía que Catarino venía a casa para verme y él encontraba excusas para justificarlo, diciendo cosas sobre lo duro que es para un hombre de su edad la lejanía y la soledad. Como si para mí fuera la cosa más sencilla dejar a mamá, a mis hermanos, a mis amigas y a mi tierra.
Estoy segura de que papá también visitaba otras casas cuando salía con sus compañeros de trabajo. Nunca se lo pregunté y tampoco me lo hubiera dicho, pero sus justificaciones a Catarino más parecían justificaciones propias. Varias veces pensé que hasta le pagaba sus diversiones con tal de seguirnos visitando.
Insistió un poco más. No mucho. Creía que en otra oportunidad me convencería. Antes de irse, me repitió uno de sus discursos largos y mareadores, tratando de convencerme de que él era lo mejor para mí. Ya no tienes opción, me dijo, si no te hubieras ido conmigo a Galveston otra cosa hubiera pasado, pero el hubiera no existe. Vente de una vez y sácale provecho a tu juventud. Nos la pasamos muy bien y podemos seguir así.
Cerré la puerta y me tendí entre los cojines de la sala. No me asomé por la ventana porque temía que siguiera ahí. Luego escuché el ruido de su camioneta alejarse.
Cuando la gente como Catarino dice que el hubiera no existe me río de ellos. Vaya estupidez.
El hubiera si existe. Lo hace de la misma forma que existe el pasado o el futuro. El hubiera son nuestras dudas, nuestras elecciones, a veces también son nuestros sueños. El hubiera son los caminos que no tomamos, que tuvimos a nuestro alcance y que decidimos dejar atrás. El hubiera nos condiciona, existe como una realidad paralela a la que en algún momento decidimos ignorar.
Cuando me decía que el hubiera no existe, me pregunto si lo hacía porque lo pensaba o solamente porque otros han dicho semejante sandez y él estaba condenado a repetirla.
Catarino se decía realista, objetivo, pragmático. Simples formas para evadir su error. Ser pragmático es hacer a un lado todo lo que no ayude a un ideal. Es vivir en un pequeño mundo, reducido por las paredes de una estrechez mental, tal como lo hace Catarino o mis maestros.
Si no hubiera decidido matarse tal vez estaría aquí.
Si hubiera conseguido un ascenso en Saltillo tal vez estaría aquí.
Si su traje azul le hubiera dado un nuevo trabajo tal vez estaría aquí.
Si no hubiera decidido seguir unas instrucciones mal dadas no tendría que sentarme a su lado para ayudarlo a morir.
Si hubiera concretado su intento de suicidio yo no sabría lo que debo de hacer.
Si hubiera conseguido otro compañero para su primer viaje ahora estaría toda la familia junta.
Si hubiera progresado tal vez estaríamos todos juntos aquí.
Si no hubiera llevado a Catarino a casa quizá tendría una razón para quedarme y buscar un sueño como el suyo.
Si no hubiera fallado en su intento yo tampoco tendría este descanso de conciencia, ni el valor para regresar a casa y decirle a mi mamá lo que puede ocurrir por no saber escoger el momento correcto para venirse al otro lado.
Al menos para mí, el hubiera si existe.
Me levanté para asegurarme que estaban puestos todos los cerrojos. Desde la mirilla observé la calle desierta. Tomé el vaso con los restos de jugo de tomate y caminé hasta el cuarto, abriendo con cuidado la puerta.
El charco había desbordado el plástico azul y se acercaba peligrosamente a las celosías del baño. Lo vi tranquilo, con las manos sobre el pecho. La sangre lo abandonaba y con ella sus sueños y sus esperanzas. No se arrepentía de nada y eso me sacaba de quicio.
Cuando todavía estaba en Saltillo, veía a mamá preparándole una gran bienvenida después de tantos meses fuera. Ahorraba lo que podía, hacía algunos trabajos de mecanografía, principalmente tesis de alumnos de la Universidad, organizaba tandas. Hacía lo que estaba a su alcance para reunir dinero y comprar algún aparato nuevo o pintar la casa para que papá viera que su esfuerzo no era en vano. Allá también le mentíamos a papá. El dinero no nos alcanzaba como él creía pero no podíamos decírselo, le mataríamos su ilusión.
Lo miré acostado en el piso. Ya no respiraba. Después tomé su cartera de la mesita de noche y lo miré por última vez. Me puse mi mejor ropa, junté el resto en una maleta y salí de la casa. No había nada más que valiera la pena cargar. Mañana podrían prenderle fuego a esas maderas podridas, con todo lo que quedaba en ella y no se perdería gran cosa.
Pobre Esteban -pensé mientras esperaba el autobús que me llevaría a la central de autobuses y de ahí a la frontera y luego a Saltillo- tendrá que pagar ese último pedido de papá.
Qué extraño. Incluso ahora que lo recuerdo vivo, no puedo dejar de decirle simplemente papá. Sólo cuando lo imagino muerto, sobre el plástico azul, estirando la mano y sin arrepentirse de nada, puedo decirle por su nombre de pila: Gregorio. Quizá nombrándole así pueda dejar atrás todo lo que ha pasado y me envuelvan las cosas que hubieran pasado si desde un principio nos quedamos en casa, con mamá y mis hermanos.