Comentarios

Comentario de Bernardo Ruiz sobre el libro

Algunas veces, el escritor sólo parece preocuparse al momento de escribir un libro de que el título sea lo suficientemente sorpresivo para atrapar al lector como si fuera un primer párrafo de un cuento de Cortázar.
Pedro de Isla, en Los Batichicos pareciera, en una primera impresión haber actuado así. Un vistazo a los cinco cuentos del índice rompe este esquema: La ley del resorte, La pata de elefante, Escuela de teatro, Juliancito Bravo, Carta astral. En efecto, parecen títulos de cuento y se leen como cuentos. Como cuentos cuyo tema es la clase media —ascendente o descendente, ahí el punto de vista puede variar—, en relación con los empleados de una fábrica de alimentos regiomontana cuya afinidad es el voleibol, y que al formar un equipo, sellan su doble destino: su unión y su separación.
Ésos son los Batichicos, la columna vertebral del libro de Pedro Isla, quien nunca nos dejará verlos jugar, ni conocer su desempeño en la cancha —aunque los suponemos, asimismo, mediano. Sin embargo, seremos testigo de su actuación en la cancha grande: la de la vida.
En Los Batichicos, Pedro de Isla apuesta con fuerza por la malicia narrativa. Un observador omnímodo, lo bastante discreto sin embargo para dejarnos conocer a través de algunas grietas cómo es la clase media empresarial. Sus descripciones son fragmentos de filmes: una escena familiar, un encuentro cerca de la planta de Querétaro, las épocas de recortes, el espionaje industrial, los ligues con las secretarias, las envidias salariales, la escasa vida familiar, etc.
Con esos elementos construye un panorama que va desde lo ridículo y desolador hasta el altar de los sacrificios: el fatal error de un contador, la perdición de una empleada que se quería superar, la traición de un empleado. Hombres y mujeres que son engranes de una maquinaria sobrecalentada que, finalmente, parece estallar. Aunque sabemos que después, de nuevo será igual. Volverá a echarse a andar el proceso.
Pedro de Isla con Los Batichicos ha construido un libro espléndido: desolador, y magnífico, donde la parte humana de sus personajes grita entre líneas que desean ser, sentirse vivos, más allá de los límites de esa vida, en esa planta, en esa ciudad, en ese país. Sin embargo, su mayor mérito reside en ser la novela de un personaje colectivo, como una botella que al romperse se fragmenta en piezas de sorpresivas geometrías, donde cada parte nos remite al todo. Al lector corresponde encontrar el eje narrativo que —de principio a fin— vertebra al libro.
Destaco el cuento La pata de elefante como el más logrado de los cuentos en Los Batichicos, donde se encuentran la fuerza y las armas de Pedro de Isla expuestas con elegancia ejemplar. Y lamento que la primera parte de Carta astral tenga algún apresuramiento, como si fuera un último borrador que empaña la brillante anécdota y el hábil desarrollo de la historia.
Pese a estos nimios detalles, Los Batichicos llega sin mayor tropiezo a una nueva frontera, donde estoy seguro comienza un territorio más amplio, más rico y lleno de matices, donde la narrativa de Pedro de Isla seguirá confirmando a su creciente capacidad de escritor, su más vasta calidad humana.

Fábula de la vida empresarial, por Eduardo Parra durante la presentación

La vida cotidiana en cualquier oficina siempre está llena de pequeñas historias que funcionan perfectamente como materia prima de la literatura. Muchos escritores han abrevado en ella para crear sus obras y extraer de ese ambiente en apariencia frío, en el que todos los individuos trabajan por un supuesto beneficio mutuo, las intrigas, las envidias, las decepciones y los amores que constituyen las relaciones humanas, es decir, la sustancia de la que está hecha la narrativa.
Es en ese mundo empresarial en le que conviven ejecutivos, empleados, secretarias, supervisores y obreros, donde Pedro de Isla encuentra las vértices temáticas que alimentan Los Batichicos, su primer libro, publicado hace un par de meses por Ediciones Yoremito de Tijuana: un libro situado en esa frontera indefinible en que coinciden novela y el cuento, la narrativa largamente entrelazada por una trama única y una serie de relatos unidos por un mismo ambiente, los mismos personajes y una problemática común. ¿Porque qué son Los Batichicos, sino una obra literaria acorde a nuestra modernidad, o posmodernidad: este tiempo en el que las diferencias estrictas que antiguamente distinguían a los géneros literarios se han ido desdibujando con el fin de enriquecerse, de influirse entre sí para conseguir un producto más rico, más solvente en cuanto a variedad de interpretaciones y de lecturas?
Los Batichicos es una novela corta integrada por relatos asimismo cortos, que se superponen unos a otros aumentando a cada página, a cada episodio, la densidad del universo reflejado por su autor. Cada uno de los textos ilustra una problemática diferente, un rostro distinto de la vida dentro y fuera de las oficinas de la empresa, una arista de la existencia de los personajes, un trauma o un conflicto existencial, y conforme el lector va avanzando de episodio en episodio, la novela completa se yergue como un todo, un universo orgánico y cerrado que bien puede ser el reflejo de la vida cotidiana en cualquiera de las empresas de nuestra ciudad.
Así, en el primer relato, titulado “la ley del resorte”, nos encontramos con uno de los principales fenómenos que cimbran el ambiente de cualquier empresa: el recorte de personal. La protagonista de este fragmento de Los Batichicos, una secretaria de los mandos medios, de pronto tiene acceso a la nómina de la fábrica y se siente dueña de ese poder sobre los demás que da la información privilegiada. Ante sus ojos, sus compañeros, jefes y rivales pierden toda igualdad, y al valor de la amistad o al valor de cada persona en particular opone el valor monetario de lo que cada uno gana. Pero apenas comienza a saborear las posibilidades que le abre el poder de poseer esa información, cuando la rueda de la fortuna da un giro macabro para colocarla fuera del ámbito donde podía ser poderosa: es recortada, es decir, la ponen “de patitas en la calle”. El narrador, sin ninguna simpatía por su personaje, de un trazo describe el patetismo de la vida de esta mujer al enumerar las pertenencias que debe sacar de la empresa, pertenencias que son el fiel reflejo del vacío en que se desenvuelve:
“Hacía unos momentos se sentía la dueña de la información más valiosa de la planta y ahora ni siquiera era su empleada.
La caja con sus pertenencias era pequeña. Un florero verde que servía de portalápices, tres figuras de plástico con letreros en donde se leía “te amo”. Un marco que guardaba entre dos cristales el boleto de un concierto de Luis Miguel, un lápiz labial, la mitad de una bolsa de algodones, la foto de ella y su novio en La Pastora y los walkmans que nunca le dejaban usar” (pp 21-22).
En el segundo relato o capítulo, “La pata del elefante”, Pedro de Isla nos entrega el relato del típico empleado responsable, ese que ansía tener cualquier ejecutivo o cualquier empresario bajo sus órdenes, pues no cuenta con una vida personal y entrega todo su tiempo, toda su dedicación, todas sus energías. Este “matadito”, cuya única aspiración es hacer bien su trabajo y romper el récord de asistencia al trabajo que tiene su padre, de pronto se encuentra frente a frente con la fatalidad al ser víctima de un accidente que lo deja incapacitado por tres meses, con la consecuencia de que tendrá que volver a iniciar esa larguísima lista de asistencias a la fábrica con tal de cumplir con su objetivo. Ironías del destino: el cumplimiento del deber mismo, también es el reflejo de una vida vacía.
En el tercer texto, “Escuela de teatro”, un par de empleados de la empresa realizan un viaje a la ciudad de Querétaro. Estando ahí visitan un burdel, y en él uno de ellos se encuentra a la prostituta de sus sueños: se trata de la secretaria que arrancaba los suspiros de media fábrica, de quien se decía había emigrado al DF para desarrollarse como actriz y cantante. Esta prostituta, acaso uno de los personajes más lúcidos de los que pueblan el universo de la empresa, justifica su fuga de la mediocridad que vive el resto de sus compañeros –aún cuando esa fuga la llevó por una evidente puerta falsa– con unos argumentos que podrían servir para definir a todos los habitantes de Los Batichicos:
“– ¿No te gustaba el trabajo en la planta?
– ¿Qué más podía lograr es ese pobre escritorio? Sólo amargarme poco a poco. Yo quería algo más allá de un par de uniformes nuevos cada seis meses y unos zapatos que combinaran.
– A muchos les gustabas.
La cara de Patricia sale por completo debajo de las sábanas. Toma una almohada, la pone en su pecho y se sienta en la cama.
– ¿Y luego? Todos eran simples empleados. No iba a salir de una casa de interés social, pagada a veinte o treinta años, con un auto lo suficientemente viejo para poder pagarlo y lo suficientemente nuevo para que no me deje tirada. No, ya veo que mis salidas serían solamente al martes de frutas y verduras, a la escuela de los niños y a alguna clase donde me enseñaran cómo hacer lindos y sabrosos pasteles para vender y ganar más dinero, con el que ayudaría a mi esposo, porque el maldito dinero, como siempre, no nos alcanzaría” (pp 45-46).
El texto titulado “Juliancito Bravo” es otra vuelta de tuerca, o una nueva perspectiva de un tema ya visitado, aunque con la encarnación de otro personaje: se trata del supervisor superestricto que no deja respirar a sus subordinados. Como el “matadito” de “La pata del elefante”, este también vive para el trabajo, dedica toda su vida a él, pero en éste relato, al final, Pedro de Isla nos lo muestra en casa, con su hijo al que nunca alcanza a ver porque ya está dormido cuando él llega, y con su mujer, con la que toda comunicación es nula. En el diálogo final de la pareja, Pedro de Isla, con unos cuantos trazos, nos da cuenta de toda la tragedia que representa una pareja que no tiene nada que decirse: consecuencia fatal de la familia moderna, sobre todo en una ciudad que, como la nuestra, endiosa el trabajo como el máximo valor, por encima de todas las cosas, incluso a costa de la felicidad y de las relaciones humanas.
Finalmente, en “Carta Astral”, el texto que cierra esta novela, toda la tensión acumulada en los episodios anteriores, toda esa insatisfacción que late en los subterráneos de cada uno de los textos que la conforman, estalla y se canaliza a través del adulterio, el espionaje industrial y el asesinato múltiple, en un relato que anuda las líneas argumentativas de Los Batichicos.
Es como si Pedro de Isla quisiera advertirnos del peligro que corre una sociedad altamente tecnificada, altamente industrializada, pero también altamente deshumanizada. Una ciudad que en las páginas de este libro aparece esbozada, aunque con escasos trazos, como cualquier ciudad contemporánea –podría ser Nueva York, Tokio, Amsterdam o Buenos Aires- donde el signo de sus habitantes es la soledad, el vacío, los anhelos nunca cumplidos, las ilusiones perdidas y la vida rutinaria que a todos envuelve, a todos traga, al grado de tener que inventar –los personajes de esta historia- un equipo de volibol como pretexto para creer que se pueden unir en algo y escapar del tedio que se torna irrespirable. El equipo deportivo, ya lo habrán adivinado, es el que da nombre a la novela, unifica los relatos en un solo organismo y sirve de pretexto para narrar esta historia que, gracias al lenguaje directo, preciso, sin rodeos ni preciosismos lingüísticos, se constituye en sí misma como una potente fábula metafórica de la vida cotidiana, de la vida empresarial.

Comentario publicado por Hugo Valdés a raíz de la presentación.

Pedro de Isla presenta en su primera novela una serie de personajes que se descubren acaso no más maniatados a la fábrica que como lo estuvieron sus mayores, pero sí del todo conscientes de su rendición a la misma, de una sumisión que tendrá para ellos muy poca recompensa, como no sea en esa otra vida que se supone existe después de la muerte y que para un empleado que laboró durante 50 años en la empresa no está en verdad ya muy lejos.
Pedro de Isla ve pues en el universo fabril de la ciudad finisecular el lugar donde los hombres se inmolan cotidianamente para terminar —al cabo de todos los años que se necesitan para ganarse una medalla por puntualidad o dedicación— faltos de sustancia humana, portadores a lo más de esas pequeñas pasiones que, encabezadas por la mezquindad, resultan a veces tan perniciosas como los vicios cristianos de mayor fuste.
Amigo y presentador de la novela de Pedro de Isla, Fernando Kalife tuvo el tino de interpretar en Los Batichicos una verdad insoslayable: en esta ciudad todos son, todos somos, hijos de la fábrica, al igual que en la Comala rulfiana todos sus habitantes, o sus hologramas espectrales, se saben hijos del cacique Pedro Páramo. Fuente originaria, la fábrica en Monterrey es, más que el terruño o la región, la matria de la que venimos y a la que de un modo u otro, directa o indirectamente, acabaremos por servir o por deberle algo.
La empresa está entonces tan por encima del espacio y tiempo íntimos de sus servidores, que para éstos la vida es imposible de concebirse fuera de aquélla. En el primero de los cinco capítulos de Los Batichicos vemos cómo una empleada accede, gracias a su indiscreción, a una nueva manera de ver a los demás: sabiendo lo que cada cual gana. Si el automóvil o la ropa evidencian de bulto el mejor ingreso de uno sobre otro en la empresa, el saberlo de primer mano da una nota de poder. Mas para su infortunio, la mujer será despedida ese mismo día no por su falta (que sólo ella conoce), sino por un recorte de personal. Como en los juegos, quien abandona la partida no tiene más sitio en la mesa: la exempleada podría vengarse informando a unos sobre los sueldos que reciben otros, pero fuera de la fábrica todo, hasta la voluntad de discordia, pierde sentido.
La fábrica produce, a la par que millones de objetos en serie, hombres monotemáticos, como Carlitos, cuya vida, rutina y hábitos se mimetizan con los pocos sitios por donde deambula fuera de la oficina: la carretera, ese camino “plano, recto, sin curvas, delimitado, estrecho pero seguro”. El hombre-estadística, el hombre-número, no es sujeto siquiera de bajas, sino de vagas y escasas pasiones. Pero dedicarse así de concienzudamente al trabajo hasta dejarse consumir por él, como abandonarlo y probar suerte en mundos tan ajenos como la prostitución o el espionaje industrial, son dos posibilidades de vida igual de inciertas y desesperanzadoras para los personajes de Los Batichicos.
Es por eso que Pedro de Isla mitiga su desamparo valiéndose de un referente que les procura solaz: el juego de voleibol en el que los integrantes de las diversas castas laborales conviven y compiten entre sí democráticamente. Pero el tiempo que dura este sucedáneo de fiesta es tan breve como la porción de vida personal a la que tienen derecho.

Palabras de Florinda F. Goldberg, Department of Spanish & Latin American Studies, The Hebrew University of Jerusalem.

“Batichicos” bordea la satira, pero las vivencias de sus personajes son demasiado angustiosas como para reducirlas a una critica mordaz de la alienacion urbana e industrial.
Sus personajes, como los ingredientes de los alimentos que procesan en la fabrica, estan atrapados en un engranaje; conscientes de ello, le buscan salida por vias que van desde el amor hasta la fantasia omnipotente, desde el aprovechamiento del sistema para progresar hasta la estafa y el pseudocrimen desesperado.
La fantasia que da origen al titulo -llamar “batichicos” a su modesto esquipo de voleibol- es el mas ironico y el mas significativo de los pobres recursos de que dispone, para reividicar su individualidad, el hombre moderno reducido a un nombre en una planilla de sueldos.