Juárez (fragmento)

IX

Si quería salir de la escuela, Carolina debía cruzar diariamente por esa plaza, que a mediodía tenía más parecido a un campo de batalla que a un espacio del que se retiraron los cañones que servían de resbaladero para los infantes y los instalaron en el cerro del Obispado hacía más de veinte años.
Aunque el edificio donde estudiaba -de ladrillo rojo, con cornisas y dinteles blancos- no estaba lejos del negocio donde trabajaba su madre, el problema eran los obstáculos móviles que la acechaban: muchachos greñudos tirados en la plaza tomando el sol, leyendo alguno de las decenas de panfletos que repartían los alumnos mayores entre los más jóvenes y los transeúntes, fumando cajetilla tras cajetilla, discutiendo a gritos sobre Fourier, Adorno y Sartre o burlándose silenciosamente -no fueran a enterarse- de sus compañeros empeñados en jugar buen fútbol americano en los campos de tierra que conformaban el patio trasero del edificio.
Junto a su escuela, tranquila y serena, donde las jóvenes estudiaban con dedicación y esmero para el bien de la patria, se encontraba el enorme edificio de dos pisos de la preparatoria universitaria, del que todo el día entraban y salían jóvenes con pocos libros y muchas patillas, muchachos que no dejaban de molestarla, siguiéndola durante el trayecto, parándose frente a ella para que les diera un beso, tocándose los genitales, soplándole en la minifalda azul y blanco del uniforme del colegio o utilizando cucharas de plástico como pequeñas catapultas para hacer volar granos de elote con mayonesa, algunos de los cuales terminaban en su cabello.
A diferencia de la mayoría de sus compañeras, Carolina no tenía más opción que caminar todos los mediodías desde el colegio hasta la oficina donde laboraba su madre. Tomar un camino diferente implicaba el riesgo de atravesar calles menos concurridas, de las que otros grupos de alumnos de la preparatoria se habían posesionado.
Desde los diez años seguía el mismo camino, aunque en los últimos tres el ambiente en la plaza había cambiado radicalmente. Los primeros en tomar el espacio fueron los vendedores de comida con sus triciclos acondicionados como negocios donde los alumnos compraban igual un vaso con zanahoria rayada que unos cacahuates con salsa roja o unas conchitas con crema y un poquito de vinagre.
Después los negocios crecieron y, entre las tunas peladas y cortadas en cuatro partes y elotes con mantequilla, aparecieron pequeños envoltorios de papel periódico que llegaban a las manos
de los estudiantes junto con el cambio por sus compras.
Más adelante llegaron los libreros móviles, jóvenes que vendían las obras que sólo en esa escuela se leían e incluso otras que solamente en esa preparatoria estaban vedados, no por los maestros, sino por los mismos estudiantes porque los calificaban de burgueses y opio para las mentes esclavizadas. Su madre decía que nunca le tocó ver a tantos preparatorianos leyendo en una plaza pública libros que no les encargaban en sus clases.
- Lástima que pierdan el tiempo tan miserablemente -repetía ella-. Si tan sólo escogieran buenos libros. Pero no, han de leer a Marx y a otros con apellidos impronunciables, puro europeo de esos que siguen cargando en sus espaldas las guerras que han tenido allá desde que salieron de las cuevas de Altamira hasta que levantaron las calles y se agarraron a pedradas en las calles de París, igualito a lo que hicieron hace dos veranos, hasta que los estudiantes revoltosos salieron de vacaciones y sanseacabó el famoso verano peleonero.
Carolina conocía a más de uno por los años que llevaban ahí. Si la preparatoria duraba normalmente un par de años, ellos llevaban por lo menos otros dos como estudiantes. Algunos, que respondían a los apodos de El Nazi, El Plomo o La Zarigüeya, llevaban mucho más colándose al cine frente a la plaza, robando en las librerías de la vuelta, haciendo negocios con sus compañeros o simplemente esperando que llegara la hora para regresar a casa, jugar futbolito en la calle o seguir la animada plática que terminaría en una ristra de besos con la novia en turno.
Sin embargo, ése era un día diferente. La noche anterior su madre le anunció que tenía un novio y que deseaba que ella lo conociera. Hoy iría a cenar a casa.
Carolina la dejó hablar, esperó a que le contara todo lo que quería sobre ese hombre que nunca sustituiría a su padre, pero que debía entender que ya los años de soledad le pesaban y tarde o temprano ella se iría a hacer su vida; no era queja, sino el natural acontecer de los hechos, y estaría muy feliz cuando la viera emprender su propio camino. Pero entonces, ¿qué haría sola el resto de sus días? También necesitaba pensar en su futuro, ni modo que le fuera a molestar a ella y a su futuro marido porque te vas a casar por las tres leyes ¿me entiendes? y eso suponiendo que hicieran su vida en Monterrey a lo mejor ni siquiera se quedaban en esta ciudad y ella estaba tan hecha a sus montañas, sus calles y al modo tan claro de ser de su gente que de aquí solamente se podía ir de vacaciones, no más.
Carolina le dijo que sí, que la entendía y que quería conocer a ese hombre que no sería su padre pero que a lo mejor terminaba durmiendo en la misma casa pero no en el mismo cuarto, sino en el que es de su madre y antes de su padre, así que de alguna forma le tendría que decir, ni modo que Juan o Luis. Andrés, se llama Andrés. El nombre es lo de menos, que no le podré decir Andrés ni padrastro ni señor ni padre ni hey tú, así que no sería mala idea conocerlo y ya veré cómo se me ocurre decirle cuando lo vea sentarse a desayunar todas las mañanas en el comedor, si es que eso llega a ocurrir, no vaya a ser que pase sólo unas cuantas veces y luego ni sus luces. Eso último no se lo dijo Carolina, pero lo pensó de camino a su cuarto.
Cuando La Zarigüeya la abordó, Carolina pensaba en la cena que haría su madre: seguramente una de esas piernas mechadas que luego terminarían convirtiéndose en tortas durante al menos diez días. Hacía varias semanas que ese muchacho delgado y de pelo ensortijado se le acercaba para acompañarla sin decir nada. Simplemente caminaba a su lado desde que abandonaba el Colegio hasta que doblaba en 5 de mayo y Garibaldi. Entonces La Zarigüeya se detenía en la esquina, daba media vuelta, seguramente -concluía Carolina- de regreso con sus amigos. Al principio creyó que era una broma más de esos muchachos que no tenían nada qué hacer. Tal vez sólo era alguna apuesta estúpida sobre cuánto tiempo tardaría en hacerle caso. Intentó despistarlo saliendo más tarde o tomando otro camino, pero él invariablemente se aparecía.
Esa tarde, aprovechando que las clases terminaron temprano debido a una junta escolar, Carolina salió antes a la plaza. Sin embargo, La Zarigüeya no la acompañó, sino que se detuvo frente a ella con un libro en la mano.
- Toma. Para que aprendas algo diferente.
Carolina levantó la vista. Apenas alcanzó a leer con letras grandes la palabra Marcuse y más abajo el título del libro, El Final de la Utopía, cuando él se encontraba a varios metros de distancia. No sabía qué hacer, no conocía al muchacho, apenas si sabía como le decían porque sus amigos se gritaban todo el día por sus apodos. Tenía tiempo de seguirla, y ahora estaba en medio de la plaza, frente a su escuela, con el riesgo de que alguna de las religiosas la viera y le preguntara al día siguiente si era amiga de esos tipos o si su madre sabía la clase de amistades que estaba cultivando o si el libro que le entregaron era para ella o si lo había leído y de qué trataba o si ésa era la educación que su madre esperaba de tan prestigiosa escuela, más para una alumna becada por su orfandad y la precaria situación financiera familiar.
Con el libro en las manos, no tuvo otra opción que seguir su camino. La Zarigüeya no aparecía por ningún lado y ella entendía que no podría llegar a la oficina con semejante libro. Eso equivalía a un regaño de aquellos, nuevas restricciones a su de por sí limitada vida social y discusiones sin sentido. Seguramente hoy en la tarde no, porque habría visitas pero, apenas se fuera el tal Andrés, ardería Troya.
Ella no estaba para peleas. Suficiente tendría con la cena de la noche: parecer agradable a un tipo que no conocía, aguantar los reclamos de su madre que algo encontraría para reñir con ella, pasar riesgos innecesarios por un libro seguramente prohibido que la hacía sudar.
Al final de la plaza, junto a la pared de la preparatoria, abrió el libro. Su madre la esperaba en la oficina donde trabajaba para dentro de dos horas. No tenía intenciones de llegar antes de tiempo y La Zarigüeya le había dado un libro, sin conocerla. Tal vez traería una cartita adentro, como en los cuentos románticos que leían sus amigas. No encontró ninguna. Ese libro era para leerse. Escondido entre los demás libros de la escuela, la utopía acompañaría a Carolina a casa. Mañana, de regreso a la escuela, los ojos de Carolina mirarían distinto a ese flaco de pelo ensortijado.