Comentarios

Comentario de Eduardo Parra sobre el libro.

“Quienes lo practican, saben que el cuento es un ejercicio de exploración, experimentación narrativa, en el que se enredan realidad e imaginación para encontrar juntas los detonantes que suscitan en los lectores ese cúmulo de emociones en que se cifra la experiencia estética. Consciente de las principales leyes y características de género, Pedro de Isla enlaza en Todo hombre es como la luna una serie de narraciones cuya virtud más evidente es la de mantenerse en constante búsqueda: de imágenes, de tonos y ritmos, de geografías, de formas y recursos narrativos, de lenguaje, de anécdotas capaces de convertirse en materia literaria. Inmersos en ámbitos tan distintos como el Monterrey de nuestros días, la Cuba castrista, las calles de la vieja Europa, el Guanajuato del Festival Cervantino o el laberinto electrónico del Internet, por las páginas de este volumen desfilan hombres y mujeres nihilistas, exiliados, vencidos una y otra vez por la existencia que ha conseguido quitarles todo, menos su inclinación hacia la ironía y el humor en medio de la tragedia. Diversidad de espacios, técnicas, situaciones y mentalidades que, al ser respaldada por la visión imaginativa de su autor, adquiere esa unidad que nos confirma que, no importa dónde se desenvuelva, la naturaleza humana es siempre la misma y al mismo tiempo inagotable, universal. Es decir, la mejor materia para construir cuentos.”

Comentarios de José María Mendiola durante la presentación del libro

Todo hombre es como la luna
Como diría Mark Twain, todo hombre –y mujer- es como la luna porque oculta una cara oscura, o porque también se insulariza, se aparta del resto para escudarse, para protegerse de la influencia de los otros. Y, como la luna, para provocar mareas y cambios de ánimo, propiciando que los lunáticos hagan honor a su apelativo.
Este libro de relatos de Pedro es una obra edificada en torno a la soledad. Soledad enmarcada por un sol asfixiante o una oscuridad que apenas contiene su propio sofoco y por una geografía que es la extensión del desamparo de sus habitantes, de los habitantes de Pedro de Isla, que insulariza, insistimos, que aísla, que aparta a sus personajes sumiéndolos aún más en su propia citidian(e)idad para viviseccionarlos despiadadamente.
He dicho soledades y quizá eso implique individuos, pero en uno de los relatos es un grupo el que se aleja de la soledad, se convierte por decisión propia en paria urbano, aunque uno de sus integrantes –el excluido de dicho grupo- sea el narrador. El texto me recordó, no sé por qué, a los mancuspios. (Perdón por el chiste personal)
Pedro toma vidas comunes y les otorga excepcionalidad a través de su literatura. Son empleados de una línea aérea, amas de casa, guías de museos, maestros universitarios… Nada fuera de lo común sucede en sus vidas salvo la escritura de quien les pasa el bisturí, el escalpelo, el cutter a lo largo de sus días, les abre la cabeza, les revisa los recuerdos, esparce sus órganos por la mesa del quirófano y, sin tomar partido, los expone tal cual son. Puede ser cualquiera que conozcamos. Puede ser cualquiera de nosotros. Nadie puede sentirse agraviado por esta exposición de sus entrañas porque no hay morbo. Así son, así somos, así es la naturaleza humana que Pedro muestra con no poca ternura ante quienes ni tenemos más remedio que identificar como alguien que vemos cotidianamente. Digamos, en el espejo del lavabo todas las mañanas.

Todo hombre es como Pedro de Isla
Aunque creativo publicitario, Pedro no escribe para un público target, no intenta posicionarse como lo que no es, se pasa por el arco del triunfo el ups o, valga mi traducción, la promesa única, y le vale gorro que el focus group haya aceptado el tema o no. No hay gimmicks, no hay slogans, olvídense del jingle.
Para las historias que cuenta, podríamos decir que su libro es despiadado, no apto para menores, mayores, ni para anchos ni para largos. Pero es todo lo contrario.
Debo confesar que soy más afecto a la lectura de novela. El cuento me exaspera, pues pocos son los textos de este género que me logran seducir. Por lo general, me la paso contando las páginas que faltan para que acabe el cuento, en espera de una intensidad que la mayoría de las veces no llega. Pero los relatos de Pedro son distintos. No son pretenciosos, no intentan asombrar o tomar por descuido al lector. Hacen su trabajo y lo hacen bien: narran historias, sencillas en apariencia, aunque son muchísimo más complicadas a medida que nos adentramos en ellas. Complicadas y fascinantes, e intensas. Y muy bien escritas.
Ese es su mejor promocional. Aunque intentó usar el oficio cuando por correo electrónico anunció la edición de su libro, del cual dijo que no le había salido mal. Nadie niega la cruz de su parroquia profesional. Pero el libro vale la pena por si mismo; la mejor publicidad, la de boca en boca, va a ser su mejor aliada.

Todo hombre es como una isla
Todos vivimos una realidad propia. Cada quien se inventa su inmediatez como recurso de supervivencia. Pero nadie, ninguno de los presentes al menos, podemos vivir ajenos a la realidad nacional o local.
Es un lugar común decir que estos son tiempos nuevos, inéditos. El PRI ya no tiene la Presidencia. Estamos en recesión económica. La derecha tiene el poder (bueno, es no es nuevo, sólo que ahora es más descarada la cosa). Los otrora poderosos ahora no lo son. Vivimos, en suma, en un país distinto, que se reinventa a sí mismo todos los días.
En este contexto del que no podemos excluirnos ni en sueños, en Monterrey pareciera que no logra tocarnos ni con el coletazo de los dinosaurios. El país es otro, pero aquí se hacen encuentros de escritores para hablar sobre el humor en la literatura. El alcalde de la ciudad ya demostró que sólo es bueno para vender regaderas a domicilio, pero los periódicos se escandalizan por al llegada de las húngaras. Aunque viéndolo bien, no es una mala noticia. La realidad como la conocíamos se cae a pedazos, pero aquí se hace una película sobre el amor a primera vista.
Afortunadamente, no todos los autores regiomontanos son así. Otros, además de Pedro, lo han demostrado en sus obras más recientes, pero no digo nombres porque luego se sienten muy acá y aquí nos e trata de hablar de ellos.
Es, en todo este contexto, que encuentro la literatura de Pedro distinta a la que por lo general se produce aquí. Porque asume una postura ideológica, porque no teme reflejar, a través de la soledad de sus personajes, la soledad del país, porque es honesta, no es una literatura pilática, pero tampoco pretende dar respuesta a los problemas que nos agobian como país o como individuos. Es, como ya dije, una vivisección realizada con cuidado, con ternura, para que el lector, enfrentado al espejo implacable, tenga la última palabra.
Todo hombre como la luna es un libro gozoso, indispensable y oportuno, que llega a refrescar el panorama literario local. Aquí le damos la bienvenida.

Comentarios durante la presentación del libro.
Todo hombre es como la luna: la existencia compartida de Pedro de Isla, por Felipe Montes,

Caben muchas personas en la mente de un escritor; más que en un directorio telefónico o en un censo mundial. La increíble cantidad de seres que pueblan los libros no representa ni una parte pequeña del total de personajes que deambulan por las mentes de los autores, ni mucho menos del total de personajes imaginados por los seres humanos.
La trayectoria de Pedro de Isla ha dejado una estela turbulenta de imaginación; su ejercicio narrativo consiste en al búsqueda intrincada de personalidades excepcionales. Ahí reside el encanto de su prosa: en las opciones, en los diferentes sabores, en al colección de sentimientos.
Sin embargo, el descubrimiento que el epígrafe de Mark Twain nos ofrece no podría ser más alentador: aunque todos los seres humanos somos diferentes, todos somos como la luna. Esa cara oscura que a nadie enseñamos ha formado parte de la mitopoética humana desde sus inicios. El lado oscuro, el doctor Jekyll y Mr. Hyde, las personalidades múltiples, los santos que son demonios y los demonios santos nos inquietan y nos seducen.
Y lo hacen porque nosotros somos así.

Holiveira
Desde que Horacio Holiveira piensa en no levantarse, no podemos menos que identificarnos con su flojera. Su peregrinar cansado es una metáfora de la agotada existencia humana. Sus paranoias, sus referencias a lugares y literaturas, nos dan un paseo internacional que nos ubica, para un plazo definitivo, en un avión rumbo a la ciudad de Monterrey.

Voy a probarlo
Con una prosa muy distinta, de frases grandes y párrafos pequeños y exenta de diálogos en vivo, este cuento ordena los sentimientos del personaje principal. La cadencia de su lenguaje y los ingredientes coloquiales nos ayudan a identificarnos con ese cuerpo que sale del baño, toma la bata y camina despacio por el pasillo hasta su nuevo cuarto.

Viaje de estudios
El ambiente es de los más logrados. El olor a departamento estudiantil, el júbilo de pleno Festival cervantino, los lugares que muchos conocemos y el tacto del cepillo sobre el cuero cabelludo convierten a este texto en un profundo análisis del erotismo intercalado entre las acciones cotidianas. Le énfasis se dirige hacia la condena, hacia el ser humano que paga sus culpas a través de arrepentirse eternamente.

Compadre
Al llegar a este texto nos damos cuenta que estamos leyendo un variado menú. Aquí abundan los diálogos, los coloquialismos y las técnicas rápidas de narración. Los interludios, marcados por una viñeta, nos recuerdan al Juan Jusé Arreola de La Feria. El collage de este compadre nos ayuda a entender nuestra fragmentación y a aceptarla sin remedio.

De Gerlgasse 22/32 a Vía Frattina 45/20
Reaparece la segunda persona, pero ahora en un espeluznante futuro que incrementa el sentido condenatorio planteado hasta este momento. Las distancias no significan libertades, y la rutina del personaje principal es capaz de aplastar todos los años de su vida. Y de la nuestra.

My Babe
La música popular de hace tres décadas invade la atmósfera. ¿Dónde hemos visto una ensalada compuesta por el Monte de Piedad, Perú, Ray Charles y Tlaxcala? Aquí José Raymundo Montes López se convierte en Ray Monts, y todos nos desencantamos de nuestra pretendida internacionalidad.

Luces altas
Éste es uno de los textos más agradables y ambiciosos del libro. El contrapunto con una canción derrite las defensas literarias del lector y lo jala para acompañar a este otro personaje solitario por sus reflexiones en torno a sitios míticos de la Ciudad de México. Hacia el final, el texto se enrosca y remata de una manera sumamente elegante.

Yo le quiero poner el nombre
Pedro de Isla no sólo tiene deuda con Cortázar; aquí advertimos otra más con Rulfo. El narrador personaje platica con don Melchor y nos pone al tanto de manera indirecta y despreocupada de cuanto siente y de cuanto le ha acontecido. Es rara la violencia en este libro; sin embargo, la dureza del final de este cuento nos dice que el autor es también capaz de agredir.

La espera durará más que cualquier tabaco
La habilidad descriptiva de Pedro nos ubica en un ambiente familiar, bajo la lluvia, en la cocina y en la sala. El ruido de los platos, el sabor del agua y la presencia de Lizzette nos ofrecen un remanso en este libro tan variado. La resignación consume todo, todo se hace humo.

Todos los días morimos en el chat
Con una dedicatoria peculiar, y con más referencias, el autor nos coloca ante una computadora. Cara a cara, presenciamos el desarrollo de un diálogo cibernético convertido en obra literaria. La propuesta es audaz: gran cantidad de textos sin intención estética son susceptibles de convertirse en obras de mucha agilidad y aún más interés. El final, para variar, resulta abrumador.

La idea
Con una discusión sobre las posibilidades plásticas, el desafío social de este cuento lo convierte en uno de los más finos. Le dueño del bar ofrece un final adecuado por chocante. Él no se da cuenta de que las vidas de los personajes a los que se refiere tienen un sentido muy distinto a los que él les da en su calidad de parroquianos.

Quemad las naves
Ahora aparece la deuda con Fuentes: en un texto majestuoso, una tragedia breve. Pedro de Isla nos conduce por los vericuetos históricos de Veracruz y la conquista. El retorno se presenta, la vuelta a la infancia. La imaginación que los colones desbordaban tiene una desgraciada respuesta final: hay que apagar las máquinas, he regresado al verdadero mundo, al origen.