Todo hombre es como la luna (fragmento)
![]()
De Gerlgasse 22/32 a Vía Frattina 45/20
Y sentirás cómo los escalones de madera que te conducen al departamento, en Vía Frattina 45/20, crujen bajo el peso de tu cuerpo empapado, y las filtraciones oscurecerán algunas partes de los muros que hay entre un descanso y el siguiente; y mientras subes, con la cabeza baja, verás las gotas caer de los pantalones y mangas para mezclarse con la tierra y revivir el lodo de los escalones. Y subirás despacio, caminando hacia la puerta no más diferente que la anterior, en Gerlgasse 22/32; y será entonces cuando recordarás cómo tenías que tomar el tranvía para cruzar toda la ciudad de Viena, y luego caminar dos cuadras antes de llegar al museo, y cómo perdías entre cuarenta y cuarenta y cinco minutos dos veces al día; y eso sin contar las numerosas veces en que aquellos exóticos manifestantes bloqueaban la entrada de los empleados, con sus mochilas y mantas llenas de hierbas olorosas, y pedían que les regresaran su penacho sagrado; y también recordarás que ya eran tan comunes en la entrada, y que incluso se comportaban como si fueran parte de las atracciones del museo.
Y abrirás la puerta, agradeciéndole a las nubes que esta lluvia hubiera caído en domingo, y poder así evitar al menos por un día a tanta gente que se quedó en sus casas, y que si hubiera sol seguramente llenarían la Piazza di Spagna; gente que ves todos los días, en el camino a tu departamento, a los que desprecias o envidias, no lo sabes, pero que siempre están ahí, platicando, divirtiéndose y conociendo a otras cualquier día de la semana, más aún del viernes al domingo; y al cerrar la puerta, y correr el pasador doble, recordarás que tanta gente te pone de mal humor, y te estorban cuando quieres salir o entrar a la estación del metro, y regresas de explicarles a esos turistas la historia de cuando Roma era grande, de cuando Roma era imponente; y también hablas sobre Julio César, Calígula, Augusto y Nerón, y regresas de contarles cómo esos magníficos emperadores trabajaron ardua e incansablemente, hasta convertir a una pequeña aldea en el centro del mundo conocido, y que se salvaría de varias caídas con la llegada de la Iglesia. Y no les hablarás de Adriano, Tito, Vespaciano o Faustina porque no tendría caso; porque has visto en sus caras, a través de tantos años, como ellos sólo quieren oír los nombres de siempre, y quieren confirmar que sus conocimientos son correctos, y que no han vivido equivocados, porque saben de historia, y se documentaron bien antes del viaje en una de tantas enciclopedias para los viajeros de sillón de estudio, una de esas donde hay muchas fotos y pocas palabras provenientes de una mala traducción; y así estarán satisfechos, porque así obtendrán la bendición de esta ciudad beata para repetir tus palabras cuando les enseñen las fotos, y también las películas, a una familia que se morirá por visitar esos lugares tan maravillosos; y entonces anhelarán conocer una ciudad que fue el centro del mundo, durante muchos siglos, hasta que llegaron los bárbaros del norte y la destruyeron no una, sino varias veces. Y les explicarás lo maravilloso que fue el pasado, y así no verán el presente que no tiene la misma importancia, y no sentirán la preocupación por esos grupos de niños gitanos que recorren las calles, niños robando a los despistados que caminan con las rodillas sin broncear, la cámara de video en una mano y el plano de Roma en la otra, viviendo a costa de quienes no pueden disfrazar su condición de turistas.
Y frente al televisor te sentarás, en un sillón apropiado, a oír noticias de accidentes ferroviarios en países que ni ahora ni nunca te interesarán, y reportajes sobre las costumbres alimenticias de una cultura que te es ajena, y sabrás del estado de salud de un torero que no conoces ni conocerás, porque nunca te has parado en una plaza de toros, y porque tampoco quieres hacerlo. Y en el pequeño sillón te acomodarás, para recibir y almacenar en tu cerebro el mismo tipo de información inútil que decías como una letanía el año pasado, sin pensar en tus palabras, apenas entraba el siguiente grupo de turistas al Naturhistorischen Museum, o apenas unas horas antes, antes de la lluvia, cuando los viste caminar desde el Arco de Constantino a la Piazza del Colosseo, donde te encontrabas parado, esperándolos, y los viste bajar del autocar, y oíste al otro guía decirles que sólo estarían cuarenta minutos, y que necesitarían apurarse porque necesitaban cumplir con el itinerario oficial de la compañía, y todavía faltaba ir al Foro Romano, a la Piazza Navona y al Monumento a Vittorio Emanuele II, y que mañana tendrían día libre, y podrían regresar, y verlo de nuevo durante el tiempo que quisieran.
Y verás la televisión hasta que el sueño te derrote, o incluso tú mismo lo busques y sea como un escape para sentir cosas diferentes a la rutina diaria, a esas explicaciones para seres que en tí dejaron de serlo, y que se han convertido en parte de la hidra que te da de comer. Y será entonces cuando volverás a pensar que eres parte de ella, porque hay miles, millones de personas en Italia y el resto del mundo que también se llaman Francesco o cualquiera de sus variantes; y porque tienes diez meses de vivir en un edificio donde hay ocho departamentos y aún no has platicado con ninguno de tus vecinos, y apenas sabes sus nombres aunque no los reconozcas en la calle, y no te enteraste de la muerte de la anciana que vivía en el 31 sino hasta dos semanas después; y cuando viviste en Viena nunca fue posible que cambiaras tu rutina, y conocieras algo diferente; y porque has repetido y repetirás la misma historia maquillada para los turistas varias veces al día, y ya no piensas en lo que dices; y no lo haces porque te convertiste en una de las tantas cabezas de los guías que habla a muchas otras cabezas de turistas, y que después de oírte se van a comer a una de las tantas comidas rápidas mientras tú te vas a otra igual; y porque la rutina te absorbe todos los días, y porque incluso tus vacaciones están estandarizadas a viajar las dos primeras semanas de agosto para tomar el sol en Capri, y hospedarte en la misma casa del matrimonio tirolés, y en el mismo cuarto donde ella te platica cómo añora los tiempos de Mussolini; y porque incluso el único cambio visible en tu vida, vivir en Roma, luego en Viena y de vuelta en Roma, no lo decidiste solo, sino que has seguido la misma ruta aventurera de tu hermana mayor, y eso te recuerda cuando dejó la casa donde vivía contigo y con tus padres.
Y no harás nada por cambiar porque no te interesa, y cuando te canses de ver cosas sin importancia, te levantarás, y andarás hacia el refrigerador, y tomarás de él lo que sea necesario para tu subsistencia, según te lo demande el cuerpo; y cuando termines recogerás las migajas que puedan haberse desprendido del pan, y las colocarás en un sitio propicio; y en la noche las ofrecerás como alimento para las aves que todas las mañanas descienden del cielo, y se posan en tu ventana; y pensarás que deberías de estar agradecido porque al fin el día habrá servido para algo o alguien; y no sentirás nada porque hasta las migajas se te convirtieron en una rutina, como el trabajo con los turistas, y las vacaciones en Capri, y tu desprecio o envidia a la gente de la Piazza, y la llamada de Navidad a casa de tus padres, y los pájaros de la ventana todas las noches, y hacer el amor una vez a la semana con Julia, la que dice ser tu novia.
Y volverás a subir por las mismas escaleras, goteando del pantalón o no, en lunes o sábado, en noviembre o marzo, para llegar a tu departamento, que puede ser Vía Frattina 45/20, Gerlgasse 22/32 o cualquier otro. Y ese será el camino que seguirás día tras día, aunque te cambies de ciudad o de país, por todos los días, y por todos los años de tu vida.
Así sea.