Puebla, Premio Latinoamericano de Cuento

Holiveira

Horacio Holiveira pensó no levantarse. El oleaje debía pegar más fuerte contra El Malecón. “Lo único cierto que menciona el meteorólogo es el día que llegan los huracanes y la hora de La Habana.” Acostado sobre el lado izquierdo de la cama vio traspasar la luz entre las tablas sustitutas del vidrio. Extendió la mano para tomar la cajetilla de Montecristos que aún tenía dos cigarros. Sacó uno y al llevárselo a los labios y buscar los cerillos recordó que desde ayer no aparecían. “Así menos me levanto, cuando te falta hasta lumbre de plano no hay remedio.”
La claridad se filtraba. Una claridad ceniza, pesada, como si cerca comenzara un incendio y su humo tapara el sol, haciéndolo palidecer en esta época del año, cuando su brillo absorbe todo, empapa, marea y le da un olor diferente a cada persona, calle, edificio o noticia oficial, parecía esconderse igual que los cerillos. “Ni lumbre afuera ni sol adentro.” Metió el cigarro que aún colgaba de su boca como un reflejo de su humor: seco, caído un poco a la derecha. Dejó de nuevo la cajetilla y se levantó despacio, pensando antes cada movimiento; era el único ejercicio mental que se permitía. Consistía en planear los trabajos diarios para efectuarlos mediante el menor número de actos posibles: levantarse de la cama y no volver a estar cerca de ella hasta la noche, hacer una visita al baño en todo el día para defecar, entrar en la regadera y lavarse los dientes (la experiencia le dictaba que en ese orden serían menos acciones), dos visitas eran caso de urgencia y lo ponían de mal humor; como esa mañana sin sol ni cerillos pero con la noticia del mar embravecido chocando contra El Malecón y las costas de Matanzas y las playas de Varadero y de la Bahía de Santa Clara aunque no hasta Guardalavaca y el Cayo Moa. “Que les caiga en Miami o Guantánamo” -pensó mientras tomaba una laja de jabón envuelto en papel antes de entrar en el baño de la casa.
El agua no salió de la regadera. Horacio Holiveira tuvo que irse de todas maneras al trabajo. La empinada escalera del edificio olía a húmedo. “Malo” -dijo tocando las paredes: les faltaba calor. A esta hora el sol debería tener caliente la pared izquierda lo suficiente como para sentirse al tacto. Tal vez el incendio era verdad y no sólo una idea o tal vez la idea fuera que faltaba calor en la pared y estaría igual que ayer y antier y sólo el domingo pasado no porque llovió desde la noche y así cómo agarraba calor, a menos que la calentara con cerillos, pero necesitaría el sueldo del mes para comprar suficientes y luego el problema de irlos encendiendo uno por uno o todos al mismo tiempo. Se podría prender el edificio y entonces sí habría un incendio como el que tal vez fuera verdad y no dejaba calentarse la pared si el humo tapaba el sol.
Abrió la puerta al final de la escalera y salió a la calle cerrando los ojos. El sol calaba y sin embargo se veía a mucha gente caminar por las aceras, sin detenerse en la parada donde la guagua debía estar a reventar. No se veía una sola, ni llena ni vacía ni de las descompuestas que a veces se quedan en las subidas porque ¿quién lo sabe?, probablemente Hungría es un país plano, donde no hay calles como la de 27 de Noviembre desde L hasta J, o los húngaros son más ligeros que los cubanos y por eso aguantan más las guaguas allá que aquí.
“Habrá que caminar” -pensó Horacio Holiveira mientras se metía por Mercaderes hacia la Catedral para no seguir por Obispo y atravesar entre la estatua de Martí y el teatro García Lorca: era un lugar abierto, donde se está a merced igual del sol que de la lluvia o de una manifestación de apoyo al régimen. Mejor seguir el otro camino, por donde se cruza la zona de los turistas vestidos igual que caminan juntitos cámara en mano ojos atentos a las explicaciones cien veces explicadas sobre la calle de madera frente al palacio de los Capitanes Generales gobernantes de la isla cuando era colonia española antes de ser colonia americana antes de ser colonia soviética antes de ser colonia colonia. No tiene caso detenerse a ver cómo abren los oídos para captar la información ciento un veces dicha y que mañana será ya ciento dos veces para después llegar a ciento tres.
Caminó hasta llegar a Empedrado y doblando a la izquierda pasó frente a la plaza de la Catedral, donde un grupo de turistas entra y ve con indiferencia la estructura de la época española. “Han de ser alemanes, creen que todas las iglesias importantes deben ser como la de Colonia.” La calle topó en Monserrate, no sin antes cruzar frente a La Bodeguita del Medio y el Comité de Defensa de la Revolución “Pepito Tey”. Desde ahí el resto del camino era tan monótono como largo: Animas hasta Padre Varela y luego por Neptuno para ver si acaso pasaba una guagua que lo dejara en La Rampa, después la Calzada de Infanta hasta la O, mirar de reojo a los turistas del Hotel Vedado y el St. John’s, voltear en la 23 a la derecha para llegar, por fin, a las oficinas de Aeroméxico.
Sabía que el trabajo era monótono desde antes de tomarlo, no hay nada excitante en reconfirmar boletos de La Habana a Mérida o a la Ciudad de México, siempre serían los mismos destinos con tres vuelos semanales (cuatro o cinco en Semana Santa o verano); además la terminal de computadora siempre trabaja muy despacio, por lo que todo se vuelve más lento y tedioso; si algún pasajero pregunta por otros destinos u horarios la respuesta invariable es no. En las demás oficinas de compañías aéreas es lo mismo: Iberia sólo hacia Madrid y las Islas Canarias, Alitalia y Aeroflot no tienen un repertorio mayor. Era un trabajo como vender helados de chocolate o mantecado en Coppelia o hamburguesas McCastro en El Malecón y Padre Varela (aunque ahora estuviera cerrado por el mar embravecido golpeando El Malecón y Matanzas y Varadero, quizá hasta Caibarién). Nunca le sucedería algo interesante ahí, como tampoco en otras partes. En Cayo Esquibel vio un tiburón cuando tenía once años pero no lo recordaba bien; contaba la historia con muchos detalles aunque para él se había convertido en un recuerdo opaco, como la luz que atravesaba las tablas de la ventana esa mañana.
Tal vez su luz era fuerte pero el humo de un incendio opacaba a Horacio Holiveira. Holiveira. ¿Por qué esa hache en el segundo nombre? Porque a su padre se le ocurrió después de leer un libro de Cortázar, había un Horacio Oliveira, sin hache, en Rayuela. Esa letra que más bien podría ser un error en el Registro y lo llevaría cargando sin podérselo quitar porque su Cartilla de Identidad y la de Racionamiento tenían la hache en su nombre. La maldita hache marcándolo. Horacio Holiveira, Horacio, Holiveira, H.H., ningún sonido, letra muda, sin sentido, obstáculo, blof, que debe ser eliminado, arrancado de su nombre, de Horacio, de Holiveira, del horror que le produce, de salvar su honor, su onor como Oracio Oliveira; un Onor así, sin obstáculos, sin inutilidades. L’onore di Oliveira, l’vamo Oliveira. Sólo en italiano podía escribirlo sin esa maldita letra. No conocía más de dos palabras en ese idioma que la usaran al principio: ha y handicappato.
El calor se observa en la calle, donde la gente camina fatigada por el constante ataque de las agujas que caen junto con cada ráfaga de sol; constante, abrumador. Las agujas se estrellan contra el cristal de la fachada de la oficina y éste resiste heroico, tiembla de vez en cuando, emite una queja, pide refuerzos para su difícil tarea.
Adentro el trabajo continúa. La reconfirmación de vuelos a Mérida o la Ciudad de México. Algunos pasajeros desean verificar también sus conexiones hacia Buenos Aires, Toronto o Boston. “Boston” - suspira Horacio Holiveira, y recuerda el plano de la ciudad que le regaló Andrea cuando ella se despedía antes de regresar a Austria. Andrea, una de las pocas turistas que venían a conocer la isla, al pueblo que no vive en Vedado ni puede disfrutar de las playas del Hotel Internacional en Varadero ni entrar al Floridita o al 1830. “BOSTON Stadtkarte und Führer zum Freiheitspfad und Historischen Nationalpark”. Un plano de Boston con explicaciones en alemán era la mayor aproximación que tenía de ella, la que prometió volver el próximo año.
Trataba de permanecer indiferente ante el nombre de las ciudades de conexión: Guadalajara, Los Ángeles, Chicago; pero ésa lo hacía fijar la vista en el pasajero. Boston. ¿Conocería el barco USS Constitution? ¿El Boston Garden y el M.I.T.? Acaso ella habría caminado lentamente por Commonwealth Ave. de la misma manera en que él lo hacía con el dedo por cada centímetro verde del plano, deteniéndose en cada esquina para evitar ser arrollado por alguna de las muchas bicicletas que hay en la ciudad (igual que en La Habana, sólo que aquellas serían de colores brillantes, más resistentes y con cambios de velocidad), Hereford St, Exeter St, Clarendon St y seguir hasta el Public Garden y ver a los cisnes como el del dibujo en el plano; tomar el sol veraniego, un sol más amable que el de La Habana, uno que no traspase las maderas de la ventana, que no engañe al no calentar la pared de la escalera y querer reventar el cristal de la fachada, convirtiendo la oficina en un bunker para protegerlos de los rayos del sol.
“Ya está reconfirmado” dijo Horacio Holiveira y entregó los boletos al señor sentado en la silla del frente, tras el cual crecía la fila impaciente por la lentitud del servicio. Y mientras el señor salía de la oficina y cerraba la puerta tras él y el calor entraba aunque fuera sólo un momento y la siguiente persona se sentara en la silla, húmeda por tantas personas que se habían sentado y parado en esa mañana, Horacio Holiveira veía cómo salían New Chardon St. y el Colonial Theater y la Suffolk University y Boston completo, y Buenos Aires junto con Toronto, París o Bangkok; así también regresaba el calor de La Habana, el mar bravo sobre Matanzas; los turistas que sólo salen del hotel Habana Libre para ir al Tropicana, las filas en Coppelia o en El Malecón y Padre Varela (aunque ahora estuviera cerrado), y la hache de Horacio, de Holiveira, de Cortázar y de su Cartilla de Identidad. “Que les caiga en Miami o Guantánamo” -pensó Horacio Holiveira mientras reconfirmaba un vuelo a la Ciudad de México con conexión a Monterrey.